Día 3

El día más duro y pesado en mi opinión, el viento frío no ayudó en lo absoluto.
En la tercera vuelta ya estaba pensando en dejar de correr y sólo caminar, ya me ardían terriblemente las piernas y cada vez que tomaba aire me ardía la nariz. Sentía que respiraba ácido y la cabeza me punzaba con cada bocanada; a pesar de esto, mi novio me ayudó diciéndome que “Sí podía”, por lo tanto, me concentré en seguir y controlar la respiración. Esta vez usé un método de respiración que leí en Internet y que pensé que podría funcionarme, pero siendo sincera, me agoté más rápido y el pecho me quemaba. Aun así, logré terminar esos 30 minutos que se me hicieron eternos.

Al terminar de correr, empezó lo bueno. No soportaba los muslos y pantorrillas, las tenía más duras y tiesas que una roca. Bajar los pequeños escalones de la banqueta era una pesadilla. Nos pusimos a estirar para relajar los músculos y tuve que hacer algunas flexiones para no caminar como charrito. Eso ayudó a que mis piernas se aflojaran y disminuyera un poco el dolor.

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